Todo lo que es bueno dura el tiempo suficiente para convertirse en inolvidable

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dissabte, 31 de gener del 2015

EN BUSCA DE UN MUNDO MEJOR
Me llamo Hanz el Farai, tengo 34 años y soy padre de tres niños y dos niñas. Mi mujer y yo hace doce años que estamos unidos en matrimonio y toda mi vida he sido muy feliz, hasta que empezó la guerra en Síria. Al principio estábamos muy asustados. Se oían bombas por la noche, gritos, llantos… era horroroso. Aunque no nos lo pareciera, las cosas nos iban mucho mejor de lo que creíamos, pero al cabo de tres semana me llegó una carta de citación para ir a las fuerzas armada sirianas. Obviamente no quería ir, no me gustaba la idea de poner en riesgo mi vida para nada, y a mi mujer tampoco le hizo ninguna gracia, el simple hecho de quedarse sola y con cinco niños a cargo le aterraba. No me quedó más remedio que huir del país solo sin no quería ejercer de soldado, pero tuve que huir solo, porque no teníamos suficiente dinero para marcharnos los siete a la vez. Me fui al país de al lado, el único que tenía lugares de refugiados. Tuve que atravesar la frontera por las montañas, y tuve mucha suerte de que la guerra acabara de estallar, así las tropas militares aún no estaban por todas partes y no tuve ni un problema.
Cuando llegué al campo de refugiados me sentí aliviado al pensar que ahí estaría seguro, pero a la vez me daba mucho coraje pensar que había dejado a toda mi familia atrás. Al entrar, una gente muy amable me asignó una cabaña. A pesar de la gratitud que tenía hacia ellos, las cabañas eran horriblemente feas. Básicamente era madera mal colocada que se podía derrumbar en cualquier momento. Pero bueno, valí más esto que nada. Está todo repleto de gente como yo, excepto que ellos van con sus familias. Me mata pensar que les pueda ocurrir algo malo, pero tengo la confianza en que van a estar bien y no les va a faltar de nada.
La primera noche fue escalofriantemente fría. Me sentí tan solo que hasta llegué a creer que la gente del campo de refugiados se había marchado, hasta que oí llorar a un bebé. Me hizo pensar en mis hijos y no me pude dormir en toda la noche. Les extraño un montón a todos. La mañana siguiente, mientras hacía cola para coger la comida, conocí a mis vecinos. Eran una familia de seis: la abuela, la tía, la madre, el hijo y dos gemelas recién nacidas. Debía de ser complicada si situación, el padre en la guerra y la madre teniendo que cuidar a cinco personas ella sola, pero algo tenían de bueno, no estaban solos. A partir de aquel día empezamos a comer todos los días juntos. Hacían que me sintiera mejor y no tan solo. Les ayudaba y me ayudaban en lo que podían.
Ahora solo espero volver 

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